Mayo de 2000
Edición Número: 130

ARTICULOS

Taxidermistas en el valle de las muñecas

Extraña es la raza de los coleccionistas. Los hay que reúnen chapas, botellas, borracheras, trozos de hilo, tornillos, tazas desportilladas, mariposas, estampillas. Cómo será de rica la imaginación humana que también existen los que recogen -en su memoria, en archivos hemerográficos y fotográficos- misses. En Venezuela, los missólogos son abundantes y tienen páginas en red, en las que los interesados en ese tipo de trivia gozan a más no poder. En todo caso, en una nación en la que las cosas están uniformemente del color de las hormigas, resulta esperanzador que unos cuantos fanáticos se ocupen todavía de coleccionar estampas de la belleza

 

 

 

 

 

Milagros Socorro


 

 

En tiempos aciagos, cuando la luz de lo que es bello y noble parece parpadear y estar a punto incluso de apagarse, cuánta falta nos haría tener presente la nariz de Mariela Pérez Branger como un faro que nos guiara en las tinieblas. Si al menos contáramos con el rostro de aquella formidable caraqueña tallado en bustos que las arboledas de las plazas ocultaran a medias, apenas lo suficiente para mantener encendido el deseo de su contemplación... Pero Venezuela es el país de la desmemoria y en el alma nacional se han desdibujado las exquisitas facciones de la muchacha que en 1967 luciera la corona de Miss Venezuela y que estuviera a apenas un punto de ganar la de Miss Universo, en Miami.

 

 

Hay que decir que el recuerdo de Mariela lo tuvo todo en contra. No ella. Ella no. Ella bogó siempre con el viento a su favor. Pero su leyenda naufragó ante los bravos vientos que la abatieron y ahora sólo desfila en la fervorosa erudición de los missólogos, especie de secta internacional conformada por expertos en certámenes de belleza, quienes reúnen información, guardan datos y conservan el mito como si quisieran defenderlo de la incomprensión, la sorna y, otra vez, la falta de memoria. Nadie en Venezuela recuerda la noble altanería de Mariela Pérez Branger, la reina que entró al concurso una semana antes de la elección, ya cerradas las inscripciones. Pero los missólogos sí, ellos atesoran cierto video donde ella aparece, en blanco y negro, conversando en su perfecto inglés con el presentador del Miss Universo, contándole que estudiaba bioquímica y que había estado un año en Inglaterra. Su gracia y todo su empaque revelan la alta cuna de su proveniencia, pero son los missólogos, estos émulos de los monjes bibliotecarios del siglo XII, quienes señalan que la Pérez Branger no le dirigió la palabra a las otras candidatas al concurso de Miss Venezuela y que, después de obtener el puesto de primera finalista en el Miss Universo, pasó unos días en Venezuela (donde fue fotografiada por la prensa posando junto a su trofeo) y luego se instaló en el extranjero. Cuando le tocó coronar a la siguiente Miss Venezuela (ni más ni menos que la monumental Peggy Kopp) se negó a pisar Caracas si no le pagaban mil dólares de viáticos, cosa que nadie hizo. Y más tarde se casó con un millonario de República Dominicana, donde reside todavía.

 

Sin ninguna justicia la sonrisa de Mariela Pérez Branger se desvaneció para el patrimonio venezolano, donde debería brillar como un amuleto refinado y arrogante. Cuentan los missólogos, rosacruces de la frivolidad, que la transmisión televisiva del concurso de Miss Universo donde la desdeñosa Mariela estuvo a punto de ganar comenzó a las siete y media de la noche del 29 de julio de 1967. Y a las ocho Caracas fue estremecida por un terremoto. Nadie vio el momento en que Mariela y Silvia Hichtcock, la representante norteamericana, se cogieron de las manos mientras sonaba un redoblante. Sólo los missólogos recogieron para la posteridad venezolana el instante en que el presentador dijo quién era la primera finalista. Y ahí comenzó una historia que ha llenado de gloria a la nación.

El principal missólogo de Venezuela -y uno de los más notables del mundo- es Julio Rodríguez, un contabilista de 33 años. Rodríguez es capaz de contestar, a una pregunta formulada sin demasiado afán con respecto a la clasificación de las reinas argentinas, que "la última vez que una argentina destacó en algo fue en Perth, Australia, en 1979, cuando una de ellas quedó de semifinalista". Y lo dice así, como si lo tuviera ensayado. Es un bárbaro. Sabe todo acerca de los concursos de belleza, pero el Miss Universo es su fuerte. Es él quien explica que para los missólogos los certámenes de belleza son los como las justas olímpicas, unas pruebas donde se miden personas excepcionales que tienen una predisposición física para algo pero que sólo se destacan a costa de mucho esfuerzo y disciplina.

 

 

Julio Rodríguez, gran gurú de la missología autóctona


 

 

 

 

 

 

 

 

Rodríguez fue ganado para esta suerte de numismática para iniciados cuando era un niño y vio a María Conchita Alonso en televisión. "María Conchita Alonso", dice el missólogo entre babeado y perito, "ha pasado a la historia como una de las concursantes que más dio que hablar y es, sin duda, la que partiendo del concurso ha llegado más lejos.

 

 

A veces pienso que el Miss Venezuela marcó la vida de María Conchita y que allí terminó de cogerle el gusto a la popularidad y a su reputación polémica, quizás si no hubiera tenido esa experiencia hubiera terminado convertida en un ama de casa criando niñitos. María Conchita era especial. Ninguna ha tenido esa personalidad, esa chispa. Todavía recuerdo, como en un sueño, la noche del concurso, cuando Gilberto Correa anunció su participación, llamando a Miss Distrito Federal, que era la banda que ella defendía, para que desfilara en traje de baño. Y María Conchita le respondió a gritos, detrás de bambalinas, que todavía no estaba lista, que fueran a comerciales. Definitivamente, es única".

 

Así como archivan documentos, repiten chismes. Dicen, por ejemplo, que la española Amparo Muñoz ganó el certamen de Miss Universo, 1974, que ese año se celebró en Manila, porque Imelda Marcos se enamoró de ella y la hizo coronar Algunos missólogos coleccionan ropa y zapatos de reinas de belleza, pero la especialidad de Julio Rodríguez son los videos; guarda en su casa 793 cintas que vende a todo el mundo a través de Internet (es una referencia planetaria), y cada una testimonia una elección completa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

También tiene selecciones de grandes momentos, como el que muestra a Peggy Kopp, en 1968, conversando en castellano con el entrevistador del Miss Universo y pestañeando con tal mezcla de inocencia y sensualidad que parece un bambi malandrín que hubiera perdido la senda del bosque y hubiera encallado en un night club; a María Antonieta Cámpoli, en 1972, enfundada en un traje de lamé negro diseñado por Meliet (nada será nunca tan sexy como esta imagen de la pequeña hija del inmigrante con arrestos de mujer fatal); Judith Castillo, en 1976, hablando en cantonés, en mandarín, en alguna lengua donde se exprese el encanto absoluto; la gran Maritza Sayalero, en 1979, con su nariz de boxeador y su cuerpo de guitarra, desfilando con un liquiliqui de pantaloncitos cortos y, para la noche, un vestido blanco bordado en pedrería, diseñado por Osmel Sousa con la clara intención de arrasar (qué momento para la Patria estremecida, dios santo, qué momento); la hermosa, broncínea y trágica Maye Brandt, en 1980, la melancólica suicida, dando una vuelta al ruedo con una flor que le cubre la mitad de la cabeza; Irene Sáez, en 1981, la perfección oscilando sobre unos muslos gordos, algo así como una palmera de oro que se meciera sobre un ánfora de crema (y desde lo más elevado afirmara que admira "a los Rojos de Cincinnati y a los Dolphins de Miami").

 

En 1995 Julio Rodríguez organizó un concurso entre 21 missólogos, de igual número de países, para seleccionar la mejor Miss Universo de la historia, e Irene Sáez fue favorecida por abrumadora mayoría. Basta echarle un vistazo al video que muestra a la fallida candidata presidencial cuando representó a Venezuela en el Miss Universo, en New York, engalanada con un traje rosa diseñado otra vez, por Sousa, para ver lo que es un ángel en una pasarela. No por nada Irene Sáez es la reina de los missólogos, lo máximo en esta cofradía.

Para Julio Rodríguez, el dream team del Miss Venezuela estaría conformado por: Irene Sáez, Susana Duijm, Bárbara Palacios, Alicia Machado, Jacqueline Aguilera, María Conchita Alonso, Carolina Izsak, María Antonieta Cámpoli, Peggy Kopp, Astrid Carolina Herrera, Maritza Sayalero, Mariela Pérez Branger y Judith Castillo. Esto no lo saca de la nada, ¿ah?, esto es el resultado de una vida de estudios y de investigaciones en hemerotecas, así como de un intenso intercambio epistolar con otros iniciados (que no es pararse frente al televisor y comentar, sobándose la panza: "Qué buena está esa catira"). Pero Julio Rodríguez tiene alguien a quien respetar; él se quita el sombrero ante el coleccionista californiano William Prendiz, un ex peluquero de Long Beach por cuyas manos pasaron muchas reinas de belleza. Ahora que pasó los sesenta años se dedica exclusivamente al cuidado de su abultado tesoro, la mayor colección del mundo en materia de concursos, que incluye mechones de pelo, pestañas postizas, zarcillos, collares, bandas, trajes de baño, carteras, vestidos de gala, zapatos, cartas de algunas concursantes, fotos firmadas. Prendiz, que comenzó a guardar cachivaches desde 1952, tiene el trofeo de la primera Miss Universo, la finlandesa Armi Kuusela, a quien le ha prometido devolvérselo cuando lo haya disfrutado lo suficiente.

 

Ellos no discriminan. Así como archivan documentos históricos, los missólogos repiten chismes y consejas. De su abundante provisión, espigamos algún cotilleo que pueda entretener a la galería. Dicen, por ejemplo, que la bella española Amparo Muñoz ganó el certamen de Miss Universo, 1974, que ese año se celebró en Manila, por su innegable dotación física pero también -y más que nada- porque Imelda Marcos, Primera Dama de Filipinas y auténtico mandamás de ese país, se enamoró de ella, la cubrió de regalos (zapatos, principalmente) y la hizo coronar en su momento. La propia Imelda había sido reina en un evento local y parece que para la fecha, pervertida por el poder y harta de saciar todos sus caprichos, le había dado por el tembloroso amor de las niñas.

 

Las venezolanas no son las que más se operan. "Lo que pasa es que Osmel nunca ha eludido el tema. El país que más interviene quirúrgicamente a sus concursantes es Colombia. En Puerto Rico, Perú y Bolivia ocurre lo mismo" No se sabe hasta qué punto devolvió el favor la hermosa Muñoz, pero lo cierto es que, un poco remolona para las agendas de la corona, renunciaría en enero de 1975 porque no quería someterse a las exigencias del reinado.

Cuentan, asimismo, que Milka Chulina, Miss Venezuela 1993, la dio, por divertirse, en llevar y traer intrigas entre las amigas que hizo en el Miss Universo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A Miss Colombia le susurraba que Miss Puerto Rico había augurado que aquélla no figuraría en nada y a ésta le decía lo mismo, poniéndolo en boca de la colombiana. Hete aquí que las tres quedaron de finalistas. Llega el momento final. Manos entrelazadas. Redoblante. El presentador anuncia que la primera finalista es Miss Colombia y Miss Puerto Rico se lleva las manos a la boca... para decirle a su más cercana competidora: "Quedaste muerta, te gané".

 

 

 

 

 

 

 

 

members.xoom.com/AltarMsVzla/, asegura que lo más fastuoso que se ha visto por estos lados es la despedida de Jacqueline Aguilera en la víspera de su viaje a la India para participar en el Miss Mundo, en el año 1996. "La sacaron al stage como a una diosa, en un traje dorado espectacular".

 

 

En 1980, la Miss Universo alemana Gabriela Brum fue descalificada porque se descubrieron unas fotos donde aparecía desnuda; la sustituyó Kimberly Santos, representante de Guam. En 1996, como el Miss Universo se celebró en la India, había gente en aquel país que se quería inmolar, suicidándose en medio de una fogata, en protesta por la realización del concurso. La Miss Líbano del 93 fue detenida y encarcelada al llegar a su país porque había posado con Miss Israel para unas fotografías. En la clandestinidad se ha venido eligiendo a Miss Irak durante los dos últimos años.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

José Vásquez, estudiante de Derecho de 20 años de edad y experto en missología que ejerce desde su página www.missvenezuela.internetven.com, estima que la venezolana Minorka Mercado debió ganar el Miss Universo en 1994: "Nadie lo podía creer cuando sorpresivamente la nombraron segunda finalista". En su criterio, los mejores vestidos han sido los de Maritza Sayalero, en Miss Universo 1979; Marena Bencomo, MU97; Alicia Machado, MU96; Veruska Ramírez, en MU98; Martina Thorogood, en Miss Mundo 99; el de Jacqueline Aguilera, MM95; el de Irene Ferreira en MM94; el de Denisse Floreano, en Miss Venezuela 94; el de Soraya Villareal, en MV95. "Lo más increíble que he visto", dice Vásquez, "fue cuando Veruska Ramírez quedó de primera finalista del Miss Universo 1998 y le dieron la corona a la de Trinidad & Tobago, Wendy Fitzwilliam. Definitivamente, un robo a mano armada. Lo más sexy, cuando Milka Chulina entregó la corona en 1993 vestida con un traje muy revelador que le dejaba al descubierto la mitad del cuerpo. Y lo más delincuencial, en 1984, en los minutos finales del Miss Venezuela, se perdieron las bandas de las finalistas y luego aparecieron en un baño de los camerinos".

 

Y, aunque usted no lo crea, las venezolanas no son las que más se operan. "Lo que pasa", explica Julio Rodríguez, "es que Osmel es muy franco y nunca ha eludido el tema; lo dice así, muy francamente, que sí, que fulanita se levantó las cejas y que aquella otra se hizo un retoque en las orejas. Pero hay países donde este asunto se mantiene oculto y las candidatas recurren al bisturí con gran frecuencia. El país que más interviene quirúrgicamente a sus concursantes es Colombia, donde inclusive se les corrige el trasero, cosa que en Venezuela nunca se hace. En Puerto Rico, Perú y Bolivia ocurre lo mismo, aunque lo nieguen; y en los Estados Unidos casi todas van operadas del busto, para aumentárselo, por supuesto".

Lenin Méndez, missólogo de 23 años, se inició en la afición al quedar flechado por Sharon Luengo, Miss Costa Oriental 1990. Desde entonces se interesó en esta rama del conocimiento con tal pasión que ha experimentado incluso fenómenos paranormales. "En junio de 1998 soñé que una hebrea iba a ganar ese año el concurso de Miss Mundo. Llegó noviembre, mes del certamen y cuando vi la elección me quedé en el sitio al comprobar que ocurría todo tal como yo lo había soñado". Para Méndez, lo más inverosímil fue la derrota de Carolina Izsak en el Miss Universo 1992, que se celebró en Tailandia, "luego de llevar las más altas puntuaciones y los más claros indicios de triunfo". Lo más vergonzante es "que se presenten 82 candidatas a un evento mundial; 80 hablen inglés y entre las dos que no lo hablen esté la venezolana". Y lo más triste es, desde luego, que Sharon Luengo haya perdido el Miss Mundo 1990. "Yo la veía ganadora porque siempre sacó la más alta puntuación".

A Max Salazar, missólogo de 35 años, el trompetazo le llegó en las caderas de la Cámpoli. "Me inicié viendo la televisión... y los posters de Meridiano con las fotos de las reinas, que mi abuela pegaba en su cuarto". Dueño de multitud de fotografías, Salazar conserva asimismo el porta pasaportes de varias Miss Universo. En su opinión, lo más triste ha sido la descalificación de Martina Thorogood; lo más ridículo, el título de "Miss República Bolivariana"; lo más odioso, los fans latinos que no soportan a las venezolanas; lo más increíble, la derrota de Carolina Izsak; lo más fastuoso, el show Miss Venezuela 1996; lo más pobretón, el reinado de Miss Mundo de Ninibeth Leal en 1991; lo más sexy, la Dieckmann, Miss Nueva Esparta 1997; lo más sucio, la nuera de Blanca Ibáñez de finalista chimba; y lo más delincuencial, Blanca Ibáñez participando en el jurado.

En 1990 comenzó lo que sería para Marcos Vinicio Acosta Aguirre, de 25 años, una tortura. Se fascinó con los certámenes de belleza. "Mi familia asociaba esta afición con una conducta homosexual, en abierto contraste con los hábitos de mis tres hermanos varones, fanáticos del béisbol, que para mis padres es lo normal en un varón". La noche que se elegía a Miss Universo 1990, la familia se conjuró para sintonizar otro canal y quitarle la mala maña al proyecto de missólogo que, sin embargo ya germinaba. "Yo actué como si no me importara, pero por dentro me estaba destruyendo. Me sentí muy mal hasta que al día siguiente me enteré de que la representante de Noruega, Mona Grudt, había ganado y que la venezolana Andreína Goetz Blohm sólo había logrado clasificar entre las diez semifinalistas".

"Los años siguientes", continúa Acosta Aguirre, "fueron un calvario para mí porque siempre era lo mismo: cada noche del Miss Universo mi familia se plantaba como un muro frente al televisor para impedirme ver el espectáculo. Esto siguió así hasta que en 1997 dejé de tener problemas, porque tanto el Miss Venezuela como el Miss Universo y el Miss Mundo los vi en compañía de mi novia. Ya yo tenía 22 años y mis hermanos se habían casado e ido de la casa. Se había acabado el trauma y ya no había nadie para decirme que los concursos eran un programa para mujeres".

En esa época, Marcos Vinicio debía conformarse con ser comentarista a partir de las reseñas de prensa. No vería el acontecimiento por televisión y, sin embargo, la historia del concurso jalonaría la de su vida. "En 1984, yo tenía 9 años, la sueca Ivonne Ryding se coronó como la nueva Miss Universo; ese año la venezolana Carmen María Montiel había logrado figurar como segunda finalista, cosa que me emocionó mucho. También en 1984, Astrid Carolina Herrera se coronó como la tercera Miss Mundo venezolana. En seis años el país tenía dos Miss Universo y dos Miss Mundo; el orgullo que sentía era increíble. En 1986 me sentí muy mal porque la zuliana Maria Begoña Juaristi quedó como primera finalista en el certamen donde Bárbara Palacios ganó. Me parecía injusto que Bárbara ganara ya que la zuliana era mucho mejor... pero Bárbara se coronó como la tercera Miss Universo criolla y Maria Begoña sólo logró clasificar dentro del cuadro de semifinalistas. En 1987 Inés Maria Calero me pareció tan buena Miss Venezuela como Irene Sáez, pero ese año la Miss Universo fue la chilena Cecilia Bolloco. Al año siguiente acepté con más tranquilidad el triunfo de una asiática (y no de la venezolana Yajaira Vera). En 1989 yo era ya un adolescente y pude aceptar que una holandesa le ganara a la larense Eva Lisa Ljung"...

Y así, cada etapa de su vida tiene la cara, la cabellera, la cintura y las piernas de una soberana. Todos los missólogos respetan profundamente a las abejas reinas que les sirven de objeto de estudio como las mariposas a los entomólogos. Y jamás se ríen de ellas. Bueno, a veces se ríen con ellas, como Marcos Vinicio Acosta, que sonríe ampliamente cuando recuerda los brincos de Ana Cepinska al ser seleccionada finalista en Miss Venezuela 1996. "Es que son tan graciosas".